La oda de Neruda a la farmacia

Soy farmacéutico de tercera generación, titular de una farmacia familiar fundada en 1912 que tiene en mi hija el relevo natural.

Me dedico, como muchos de vosotros, a ejercer la función de asistencia a la población, así como al último reducto del farmacéutico de oficina de farmacia en cuanto a profesional especializado: la formulación magistral.

En esta última parte del año se habla mucho sobre los boticarios, sobre reorganizarnos, sobre nuestra labor, mucho se nos quiere cambiar, reordenar que dirán con cierta ironía, reorientar, reestructurar, eufemismos todos de eliminar.

Como boticario admito la crítica al personaje, admito que me gusta mucho. Quevedo escribió:

–Dejen pasar a los boticarios.
–¿Boticarios pasan?, dije yo entre mí: al infierno vamos.

Quizás cueste más aceptar la crítica a la labor profesional, cuestionar la valía del papel del farmacéutico y catalogarlo de simple intermediario a eliminar. De todo esto se hablará, y mucho, el año que en breve empieza.

Mientras llega, Neruda y su cántico esperanzado a la farmacia, quizás uno de los mejores elogios a la profesión:

Qué olor a bosque tiene la farmacia!
De cada raíz salió la esencia a perfumar
la paz del boticario,
se machacaron sales que producen
prodigiosos ungüentos,
la seca solfatara molió, molió, molió
el azufre en su molino
y aquí está junto
con la resina del copal fabuloso:
todo se hizo cápsula, polvo,
partícula impalpable, preservador principio.
El mortero machacó diminutos asteriscos,
aromas, pétalos de bismuto, esponjas secas, cales.
En el fondo de su farmacia vive el alquimista antiguo,
sus anteojos encima de una multiplicada nariz,
su prestigio en los frascos, rodeado por nombres
misteriosos: la nuez vómica, el álcali, el sulfato,
la goma de las islas, el almizcle, el ruibarbo,
la infernal belladona y el arcangelical bicarbonato.
Luego la vitaminas invadieron con sus abecedarios
sabios anaqueles.
De la tierra, del humus, de los hongos,
brotaron los bastones de la penicilina.
De cada víscera fallecida volaron como abejas
las hormonas y ocuparon
su sitio en la farmacia.

A medida que en el laboratorio combatiendo
la muerte avanza la bandera de la vida,
se registra un movimiento en el aroma
de la vieja farmacia: los lentos bálsamos
del pasado dejan sitio a la instantánea caja
de inyecciones y concentra una cápsula la nueva
velocidad en la carrera del hombre con la muerte.
Farmacia, qué sagrado olor a bosque y a conocimiento
sale de tus estanterías, qué diversa profundidad de aromas
y regiones:
la miel de una madera, el purísimo polvo de una rosa
o el luto de un veneno.
Todo en tu ámbito claro, en tu universidad de frascos y cajones,
espera la hora de la batalla en nuestro cuerpo.
Farmacia, iglesia de los desesperados, con un pequeño dios
en cada píldora: a menudo eres demasiado cara, el precio
de un remedio cierra tus claras puertas y los pobres
con la boca apretada vuelven al cuarto oscuro del enfermo,
que llegue un día gratis de farmacia, que no sigas vendiendo
la esperanza, y que sean victorias de la vida, de toda vida humana
contra la poderosa muerte, tus victorias. Y así serán mejores
tus laureles, serán más olorosos los sulfatos, más azul el azul de metileno
y más dulce la paz de la quinina.

Para leer con calma antes de la tormenta que de nuevo acecha.

Valentín Puertas
Miembro Junta directiva de AEFF
Madrid

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